Edgarva nació como un cuaderno de campo para gente que trabaja con las manos. Carpintería de banco, huerta en macetas, reparación de bicicletas, encuadernación, cerámica de baja temperatura y pequeñas soldaduras conviven acá sin jerarquías: cada oficio tiene su propio ritmo y sus propios tiempos de secado.
La idea es simple y algo terca. Documentar proyectos reales con lista de materiales, medidas en centímetros y los errores que quedaron a la vista. Un banco de taller de 150 cm de largo, 60 cm de profundidad y 88 cm de alto con listones de pino de 5 x 10 cm y tapa de 4 cm de espesor no se arma en una tarde: el encolado de sus uniones principales cura 24 horas antes de cargar peso. Eso también es parte del proyecto.
Lo mismo pasa con una huerta de balcón en macetas de 20 litros, con mezcla de tierra negra, compost y perlita en partes iguales y una capa de drenaje de 3 cm con piedra partida. O con un cuaderno copto de 80 hojas A5, cinco cuadernillos de 16 páginas cada uno, hilo de algodón encerado y tapas de cartón piedra forradas con papel. Ninguno de esos números es decorativo: son los que hacen que la cosa funcione o se desarme.